La
pregunta es por qué permitimos que un agresor sexual, mentiroso patológico,
empresario especulador sin escrúpulos, un tipo carente de empatía y humanidad, sea
el Presidente de una gran potencia militar con la oportunidad de agredir,
amenazar, intervenir dónde y cómo quiera.
Cuántos silencios, renuncias, comodidades, indiferencias, hastíos, verdades sin
cuestionamiento o preguntas con respuestas escritas hemos asumido para llegar a
donde estamos: un país, porque hoy es todo un país (USA) no solamente su Presidente,
que amenaza con aniquilar una civilización en una noche, en nombre de otra
supuesta civilización.
Vivimos
en un tiempo perverso, de genocidio en marcha (Palestina) y exterminios
anunciados: Irán, Cuba… Si Estados Unidos, por intermedio de Trump, falló en
cambiar el régimen iraní y devolver la libertad a su pueblo, en desmantelar el
programa nuclear, en asegurar el control del estrecho de Ormuz, en tener acceso
al petróleo, siempre queda el recurso de la destrucción masiva: se puede,
dicen, acabar con una cultura milenaria. Así van cambiando los objetivos de la
guerra, sin que importe demasiado porque, de nuevo en la historia, la guerra es
el objetivo en sí mismo.
Todo
este asunto hiriente y maloliente se complica cuando emergen como hongos los pequeños
trumpistas locales. Aquí, en Guatemala, mediocres disfrazados de académicos,
mentes autoritarias a cargo de garantizar el respeto a la constitución,
traficantes de niñez y falsificadoras de títulos universitarios a las que se
encomienda la investigación penal para la administración de justicia. En fin,
vendedores de humo y narco criminales con salario
y credencial de diputados.
La
vida sigue y tiene que seguir, en los tiempos (mucho más) sombríos,
parafraseando a Bertolt
Brecht en la antesala de la anterior guerra mundial y el fascismo del siglo XX. Hoy, una posible victoria de Estados Unidos
sería la derrota de la humanidad, no comprendida como personas sino como
entendimiento y sentimiento común.
La
lectura positiva de estos momentos ahora sin cordura es que en las comunidades,
y en comunidad, tenemos que seguir rechazando las propuestas guerreristas,
destructivas e insolidarias. Más colectividad frente a los pocos violentos y
armados que destruyen el mundo.
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