Cuando desperté, la constituyente estaba ahí

La Asamblea constituyente plurinacional (popular, antipatriarcal) plantea la defunción de la constitución vigente y este modelo de Estado. Marca una salida a la crisis: las transformaciones estructurales y la construcción de un nuevo modelo de organización. Dice: quedan fuera del escenario y el juego político las reformas parciales de leyes con base en desgastados diálogos institucionales, que solo dan oxígeno al Estado moribundo. Cuándo y cómo se va a registrar el deceso oficial de esta Constitución son otros veinte pesos.

La demanda constituyente amplía la agenda de discusión política. No es solamente la lucha contra la corrupción y por reformas parciales del Estado, como en el ciclo 2015-2020 (que fue importante, por el carácter sistémico de la corrupción y por la politización y concientización de sectores) sino también el abordaje de la desnutrición, el hambre, la falta de atención a la salud, el autoritarismo, el femicidio y el etnocidio, la necesidad de reconstrucción de lo común…

La discusión constituyente visibiliza sectores marginalizados, vincula nuevos actores, facilita la incorporación a la política de otras mayorías. En 2020, casi el 63% de la población guatemalteca tiene menos de 30 años, es decir, nació cuando la constitución actual tenía cuatro años de vigencia. Muchos de los que hoy se manifiestan en las calles no habían nacido cuando se firmaron los Acuerdos de Paz. El Estado actual no los representa. La constituyente es para ellos la oportunidad de construir un Estado con su participación activa, una indumentaria a su gusto y medida.

La constituyente no es un fin, sino instrumento para transformaciones. El alcance de las mismas, el nuevo modelo a construir, sobre todo el modelo económico, son parte de los debates y disputas. Como instrumento, la constituyente no supone, o no debe suponer exclusivamente, una hoja de ruta para alcanzar el poder. Es ejercicio de construcción permanente, acumulación, proceso, el espacio para poder pensar en mayoría sobre el buen convivir propuesto desde los pueblos originarios, las redes de cuidado de la vida de los feminismos, el futuro pospatriarcal y poscolonial…

La constituyente tiene apellidos: popular, plurinacional, antipatriarcal, ¿intergeneracional? ¿de la diversidad sexual? ¿comunitaria?. No hay que tomarse estos nombres a broma. Revelan la diversidad de actores y demandas, al mismo tiempo la interrelación de las opresiones y las luchas. Podemos verlos como riquezas y aportes complejos para desanudar la coyuntura atacando los males de la estructura. Generarán debates y tensiones, que deben ser productivas.

La constituyente une. Ya no es solamente la demanda de los pueblos originarios y las organizaciones sociales, sino de sectores urbanos y sobre todo de la organización articulada de movimientos feministas, juveniles, estudiantes, trabajadores y algunos académicos de la universidad pública y universidades privadas, que han mantenido las movilizaciones masivas en las calles de la capital durante tres fines de semana consecutivos. Por ello no puede convertirse en bandera o consigna de un grupo, sino en ruta por la que pueden transitar todxs.  

La constituyente tiene que ser explosión de creatividad política y social: la búsqueda de lo nuevo que intuimos, el fortalecimiento de lo que ya está: por ejemplo, las formas de organización de los pueblos originarios, la atención a la salud en las comunidades por parte de comadronas y promotores, la agricultura campesina, la soberanía alimentaria como ejes de un nuevo modelo económico, la “politización” de los cuidados que propone el movimiento feminista, el sentir y el pensar de las cosmovisiones maya, garífuna y xinka…  

¿La constituyente es inalcanzable, irrealizable, debemos conformarnos con algo menos ambicioso en la actual correlación de fuerzas? Es el sueño que amplía horizontes de lucha.  

La constituyente es, de por sí, destituyente. No solo de los actores de poder y las instituciones, sino de símbolos, valores, conductas, prácticas, que configuran nuestra cultura política: excluyente, autoritaria, sumamente violenta, promotora de indiferencias y pasividades.

La constituyente destituye o convulsiona liderazgos sociales autonombrados, poco representativos y excluyentes, construidos a fuerza de jerarquizar luchas, imponer consensos, no nombrar o cuestionar otras luchas y liderazgos. Para esta nueva etapa se necesitan formas renovadas de acción política, y otros actores.

Miento si digo que no me sorprende la irrupción del movimiento constituyente, cuando todavía no nos reponemos del paroxismo de gobiernos promilitares, proempresariales y absolutamente ajenos a las demandas del bien común (OPM, JM y AG), que producían hartazgo y a veces paralización.

Pero la sorpresa constituyente no es improvisación u ocurrencia juvenil. Es la consecuencia del deterioro de este Estado, acelerado por su falta de respuestas a la crisis coyuntural de la pandemia, la crisis de las tormentas y la crisis de alimentación (incremento de la desnutrición crónica y el hambre en amplias zonas del país). Es la confluencia de demandas de sectores sociales, urbanos, estudiantes y feministas (continuidad y a la vez más organizados y fortalecidos en su proyecto ideológico) con la demanda de los pueblos originarios (CODECA, Asamblea Social y Popular, CPO, Waqib’ Kej…).

Cuando desperté, la constituyente estaba ahí.

 

Que se escuchen todas las voces

Andrés Cabanas

Las imágenes (y el debate generado) por el incendio de un bus del transporte urbano en la capital, al final de las movilizaciones del sábado 28, ensombrece la masividad y pluralidad de las protestas (realizadas en múltiples departamentos) y el contenido de las mismas.

En un pispás, el tiempo en el que un bus urbano aparece literalmente de ninguna parte (de forma sorprendente en una plaza y una zona frecuentemente sitiadas por policía y seguridad presidencial) y es rápidamente incendiado, se cambia el relato, se invisibilizan actorías (como siempre, pueblos indígenas, demandas comunitarias, luchas de mujeres contra la violencia y el patriarcado) y se desplazan significados, especialmente el mensaje cada vez más amplio que demanda transformar de raíz este Estado y transitar hacia un Estado o forma de organización de carácter plurinacional, popular y antipatriarcal.

Llamas que deslumbran y no permiten ver  

El sábado 28 se realizaron movilizaciones en números puntos del país (no solo, sino también en la Ciudad Capital), en las que participaron como convocantes o participantes centenares de organizaciones. Las movilizaciones dieron continuidad a más de una semana de manifestaciones continuas y preludian las convocatorias de la semana que inicia el lunes 30 en Sololá, Totonicapán y otros territorios indígenas que ya ejercen formas concretas de autogobierno.

Ese día, y los precedentes, se escucharon propuestas anticorrupción, demandas de reorientación del presupuesto para orientarlo a salud, educación y atención de emergencia, denuncia de excesos y derroches en gastos de funcionarios (dietas, viáticos, alimentación de lujo).

Se presentaron (en pancartas, consignas, memes, redes, comunicados, discursos estructurados en tarimas) argumentos que indican la inviabilidad de este Estado y este sistema (construido por unos pocos para beneficiar a unos pocos), la cooptación de las instituciones por parte de los empresarios y las mafias, y la necesidad de un nuevo pacto social y una nueva constitución.

Ya que no sirve el Estado (instrumento de latrocinio y acumulación desigual, ajeno al bien común, perseguidor y no garante de derechos) muchas de las y los manifestantes proponen pactos desde los pueblos y sectores populares para la construcción de un espacio plurinacional, popular y antipatriarcal, a través de la convocatoria a Asamblea Popular y Plurinacional Constituyente.

Sin embargo, las poderosas imágenes de miles de personas que rechazan el sistema que nos oprime y el estado de cosas en el que malvivimos, quedan de súbito ocultas por las llamas que alumbran para deslumbrar e iluminan para que no veamos. Ocultas temporalmente, tal vez durante el tiempo de respiro que necesitan un gobierno y una clase dominante con cada vez menos espacios para enfrentar la crisis.

Llamas que (pretenden) ocultar el colapso sistémico y el callejón sin salida de este régimen

La violencia y el uso de la fuerza no solamente son monopolio del Estado, sino el recurso preferido y el terreno donde disputan el usufructo del poder con mayor comodidad. La violencia (la que aplica legalmente y la que no pueden ejercer otros, ni siquiera en el derecho legítimo de resistencia) busca aplacar los apremios de la crisis, sobre todo la crisis terminal en el que este sistema está instalado.

El gobierno de Alejandro Giammattei nace con la herencia de la crisis no concluida o la salida en falso de la coyuntura 2015-2019: más corrupción y renovación del pacto de corruptos para responder a las demandas anticorrupción, con renovada filiación autoritaria, que desconoce las demandas de participación y la emergencia de sectores juveniles con vocación democrática.

Durante 2020, las respuestas del gobierno a la pandemia y dos desastres socionaturales consecutivos agudizan esta crisis:

1.La respuesta elusiva a la pandemia (es responsabilidad de ustedes) y las tormentas (auto evacúen, cuídense entre ustedes, nosotros no podemos entrar a dejar alimentos). Un Estado ya cuestionado avanza al abismo de la deslegitimación total, al hacer dejación de sus funciones y responsabilidades.  

2. La insensibilidad social: en condiciones de agudización de crisis los funcionarios de gobierno, poder legislativo y muchas municipalidades afines, continúan con el derroche, los excesos y la corrupción, como si nada estuviera pasando. En el mismo sentido, este gobierno, que dispone del mayor presupuesto de la historia, rehúye la inversión social: agricultura, alimentación, sistemas de riesgo, empleos para pequeños productores, etc.

3. El cierre de mecanismos de diálogo, incluso aquellos concebidos como válvula de escape de tensiones. El gobierno opta por el gobierno de unos pocos, sin consulta, sin reconocimiento. Tan pocos que ni siquiera tiene en cuenta a su aliado natural, el Vicepresidente y su poderoso grupo de empresarios comerciantes.

Las llamas que prenden las voces de todas y todos

Las Jornadas de noviembre (como las categoriza El Observador, aludiendo a formas y demandas múltiples, pero con características confluentes que convergen en un movimiento) dan continuidad al proceso inconcluso de 2015 (anticorrupción) pero lo superan con propuestas de carácter estructural (refundación, constituyente) e implican nuevas actorías, especialmente colectivos de mujeres jóvenes feministas, mujeres jóvenes indígenas y otros, con formas de organización asamblearias, acusada movilidad y creatividad, y rechazo a directrices jerárquicas.

La consigna visible, sobre todo en juventud estudiantil, pueblos indígenas y movimientos sociales históricos (consigna no unánime pero más extendida que en 2015) es transformar este Estado que actúa para los ricos, a través de una Asamblea Constituyente y un nuevo pacto social.

Estas demandas y actorías son vistas con preocupación y amenaza por los actores de poder, y por ello los esfuerzos para debilitarlas, dividirlas o deslegitimarlas.

El debate sobre la autoría del incendio (infiltrados-manifestantes indignados, que hacen uso del derecho a la violencia popular) actúa como distractor y relega por ahora todos los temas. Este debate es importante y necesario, a condición de que no sea el único.

Es importante saber si los autores del incendio y los hechos de violencia posterior son infiltrados (por tanto, agentes del Estado), porque obliga a revisar las formas de organización y convocatoria, y a generar mecanismos de autocuidado entre las personas participantes, aunque ello debilita el principio de las autoconvocatorias y el llamamiento necesario a una participación amplísima, no necesaria o no previamente organizada.

Si no son infiltrados, también es importante, porque nos (re)obliga a (re)debatir sobre formas de lucha, la viabilidad de transformaciones raizales por medios pacíficos, la imposibilidad de acumular fuerzas y ampliar convocatorias en condiciones de violencia.

Pero en cualquier caso, el debate no puede desplazar el abordaje de la crisis estructural, la visibilización de todas las actorías, más allá del referente limitado de la Plaza capitalina, las propuestas de cambio estructural a través de la Asamblea Nacional Constituyente, no como fin, sino como mecanismo para construir un nuevo modelo político, económico y social de buen convivir, solidaridad y justicia.

Que se escuchen las voces de todas y todos:

·                     lxs trabajadorxs y promotores de salud, que nos enseñan el valor de la medicina natural, los conocimientos de la cosmovisión, los cuidados colectivos para enfrentar la pandemia;

·                     los cientos de miles de personas que se organizan para atender albergues y responder a la emergencia climática;

·                     las comunidades que comparten el valor del diálogo y el consejo, el respeto a las opiniones de todas y todos;

·                     las comadronas que cuidan la vida, a pesar de un estado que las desconoce y administra la muerte;

·                     el campesinado (más de un millón de productores en todo el país), que ama la tierra y garantiza nuestra alimentación (fíjese que no, los alimentos no vienen de WallMart);

·                     lxs disidentes de la heterosexualidad obligatoria;

·                     las que defienden la indumentaria, la lengua, la identidad, la cultura, la memoria, la historia, y nos preparan para el mañana;

·                     las mujeres que se organizan y nunca más callan frente al acoso y la violencia, en cualquier situación, en cualquier caso;

·                     las jóvenes y los jóvenes, que crecen con gobiernos corruptos, autoridades mafiosas y criminales, desequilibrios sociales y climáticos, egoísmos e individualismos, y a pesar de todo se movilizan para transformar;

·                     quienes luchan para sobrevivir, con dignidad y entereza, todavía en el umbral de la politización y la participación política;

·                     Bernardo Caal Xol, las y los perseguidos políticos, que resisten desde la cárcel, en nombre de las comunidades despojadas.

Que las llamas no apaguen los días de plazas, las actorías y formas de protesta diversa y alegre. Fiesta multicolor para la plurinacionalidad. Ya no más pactos de elites ni gobiernos de unos pocos, para unos pocos. Pactos de todas y todos, para el gobierno de los pueblos. Buen vivir en comunidad.

Noviembre de 2020. Las voces que no quieren oír, las deudas que no quieren saldar

Andrés Cabanas, 21 de noviembre de 2020, 18:00 hrs.

Imágenes: Federación Guatemalteca de Educación Radiofónica, FGER.

 

2020 no es 2015. Si lo sabíamos cronológicamente, ahora lo sabemos también política y socialmente.

Entre 2015 y 2020 transcurre una vida completa: una megaenfermedad que resetea nuestras relaciones, varias tormentas alternadas con sequías recurrentes, incremento salvaje e injustificado (porque Guatemala es un país de recursos abundantes) de la desnutrición y el hambre...cinco años de gobiernos sin el pueblo y contra el pueblo. 

Sucedió o sucede el fortalecimiento brutal del capital mafioso, en alianza estrecha con el sector empresarial organizado que acciona para suprimir el mandato de la Comisión Internacional contra la Impunidad, CICIG, y anular la lucha anticorrupción. ¿Y el Estado? en modo de clamorosa ausencia, tanto como garantía de derechos como para la acción en situaciones límite: pandemia, desastres socionaturales, emergencia alimentaria por desnutrición y pérdida de cultivos. 

Se impone estos años el rearme autoritario y promilitar: cada vez más, el manejo de la administración pública, incluso del espacio público, se asemeja al manejo de un cuartel: estados de emergencia, toques de queda, incorporación de militares retirados o en activo a la gestión de instituciones estatales, con el fin de administrar la continuidad de intereses y la continuidad del poder actual. 

2020 tampoco es 2015 en cuanto a las demandas, las actorías sociales, los liderazgos emergentes, las nuevas caras presentes, con formas de actuación e identidad característica. 

Durante 2015, grandes movilizaciones nacionales (independientemente de las limitaciones en cuanto al impulso de una agenda de transformación) implicaron el surgimiento de nuevos sujetos urbanos, la concienciación de sectores de clase media (después revertida) y la articulación parcial de demandas de lucha contra la corrupción y por la reforma contenida del Estado, con las demandas históricas y de transformación estructural (refundación del Estado, Asamblea Constituyente Plurinacional). Las demandas centrales fueron la lucha contra la corrupción y por la renovación y dignificación de la clase política y la institucionalidad. 

En este 2020 que acabó en el mes de marzo con la pandemia y volvió a reiniciarse en noviembre de 2020 con una nueva fase de movilizaciones, ubico preliminarmente estas variantes:

  • La demanda de un presupuesto justo es central y esta implica tanto el uso correcto de los fondos (sin malversación ni corrupción) como el uso adecuado, en términos de priorización de demandas sociales.
  • En este sentido, la desnutrición-problema estructural del hambre es uno de los temas más evidenciados -hasta el momento- en las manifestaciones y las denuncias públicas, lo que supone un avance con respecto a las demandas limitadas anteriores.
  • La generación de jóvenes que participa y en muchos casos protagoniza las movilizaciones no es la misma que en 2015. Si esta fecha representó un relevo generacional, que desde mi punto de vista aportó dinamismo, nuevas formas y visiones y renovó la acción política, 2020 puede suponer una renovación generacional dentro de la renovación y una incorporación importante de jóvenes a las luchas políticas por la justicia y por la transformación del país.
  • Es visible la emergencia de grupos juveniles en zonas urbanas y rurales, en particular la emergencia y fortaleza de grupos de mujeres y grupos feministas, que aportan organización y capacidad de movilización inmediata y masiva y un pensamiento político sólido, a la vez que novedoso.
  • El ciclo 2020 inicia con movilizaciones simultáneas en muchas plazas del país, como acumulado de años de reivindicaciones y también frustraciones. En 2015 las movilizaciones fueron sobre todo en la plaza central, con una muy lenta incorporación en los territorios. La plaza (y su connotación urbana y de clase) como lugar privilegiado de acción se redefine. 

2020, estado de la cuestión. En el haber, el acumulado para un nuevo ciclo masivo de movilizaciones, que aporta en la medida en que las actorías nuevas y las tradicionales confluyan, dialoguen y generen acciones comunes, desde las diversidades, con la capacidad de prever riesgos, dibujar escenarios complejos y complementar estrategias y acciones.

Hay una gran experiencia y construcciones que ayudan a repensarnos desde los territorios y comunidades más que desde espacios institucionales; a seguir construyendo o viviendo comunidades y sus métodos de consenso y participación; a articular sujetas y sujetos plurales; a construir un nuevo pacto que sustituya al "no pacto" constitucional y su inviabilidad como promotor de justicia y derechos. Es tiempo de profundizar nuevas formas de organización y acción, para avanzar hacia una nueva vida. 

En el debe de este momento histórico tenemos el hartazgo y el cansancio hasta la extenuación, caldo de cultivo para tensiones y manifestaciones extremas de indignación. La sensibilidad social está a flor de piel. 

El Estado no ha cumplido, las autoridades han hecho de la política y el presupuesto un botín, sin pudor ni recato. Nos deben fondos, derechos y también dignidad.

Esto es el reinicio, todavía no sabemos hacia dónde vamos. Posiblemente solo compromisos reales de cambio, pasos en firme hacia nuevas construcciones de la sociedad y nuevas formas de concebir la política, puedan contener la indignación desparramada. 

Los actores de poder sienten retumbar las voces que nunca quisieron oír y las demandas que siempre se negaron a atender. 

Solidaridad popular y Estado ausente

El paso de la tormenta Eta por Guatemala y la inacción estatal. 

Andrés Cabanas


Estado autoritario vs. nueva organización social


Andrés Cabanas, 4 de octubre de 2020
 
Los estados de prevención y el autoritarismo de este Estado en todos los niveles cierran puertas.
 
Durante el paso de la caravana migrante que salió de San Pedro Sula, Honduras, el miércoles 30 de septiembre, soldados armados para una guerra (¿contra el pueblo?) intentan detener a la población. El Estado de prevención impuesto por el gobierno de Giammattei desde el 1 de octubre en cinco departamentos, con militarización y recorte de derechos, implica volver a utilizar la fuerza para enfrentar problemáticas sociales estructurales. El despliegue de fuerza es del tamaño del miedo al otro, al pobre, al que se organiza y moviliza.
 
A cientos de kilómetros de distancia, pero en el mismo momento (sábado 3 de octubre), policías municipales de la "Muy noble y muy leal ciudad de Santiago de los Caballeros" (Antigua Guatemala, sobran comentarios) impiden que mujeres del pueblo maya kaqchikel intercambien sus productos. No entienden nada, ni siquiera algo tan sencillo como que las mujeres a las que impiden vender son las habitantes originarias del territorio de Antigua; en términos oficiales y legales, las "propietarias" y legítimas "dueñas" del mismo y las decisiones que en él se tomen.
 
Este es el estado (en un doble sentido: instituciones y momento) en el que los protocolos de apertura de la actividad comercial empresarial orientan las políticas públicas y la estrategia de salud. Fuera de eso nada importa. Los derechos colectivos, tan básicos como los derechos a la alimentación y el trabajo, la libre movilización, vienen sobrando.
 
Cuando el Estado (esta vez sí, la ilustre institucionalidad y sus representantes en la tierra) actúa al margen y en contra de la población, la solidaridad marca el camino. Y la organización comunitaria y territorial para garantizar nuevas formas de relación y un nuevo sistema en el que los derechos de las personas no estén limitados por el gobierno de/para unos pocos.