Groenlandia es, para Trump, un “pedazo de hielo frío y mal ubicado” que a nadie sirve, solamente a la sacrosanta, indeterminada e ilimitada concepción de la seguridad (inter)nacional de Estados Unidos. Por eso se van a apoderar de ella, dice (o grita) por las buenas o por las malas.
Por las malas es con abuso de fuerza, siempre bruta, como acostumbran hacer y acaban haciendo. Por las buenas se refiere a comprar el territorio groenlandés, al que como buen empresario especulador-gobernante, Trump ya ha puesto precio: 700,000 millones de dólares. Entre 200,000 y un millones de dólares, confirma sin afirmar otro gobernante empresario, Vladimir Putin. Trump y Putin deben estar pensando que es un buen negocio: un mil millones por 2166 millones de km2 resulta ser una inversión redonda.
La anormalidad no es fijar el precio a un territorio sino plantearse siquiera la posibilidad de comprar lo que no es comercializable, lo que pertenece a todas (incluidas generaciones pasadas y futuras) y no es propiedad de nadie. En Groenlandia, siguiendo la tradición inuit, no existe el derecho de propiedad sobre la tierra, sino el derecho de uso, en lo que coinciden con cosmovisiones indígenas latinoamericanas y debería ser consenso común: habitamos un pequeño espacio de tierra en un momento, y tenemos la obligación de conservarlo para los que vienen después.
La propiedad privada, ese concepto malvado opuesto a la comunidad, que nos hace voraces y nos vuelve seres extremadamente individuales, hablemos de Groenlandia o de Guatemala.
A partir de aquí todas las interrogantes resultan grotescas:
- ¿Es normal plantear la compra de un territorio ajeno, por más que ya se ha hecho o lo hacen las empresas transnacionales que compran pedazos de territorio o se lo apropian?
- ¿Qué se compra, el espacio físico, la tierra, el subsuelo?
- ¿El cielo circundante y las nubes están incluidos en el precio?
- ¿Y las estrellas, cometas en tránsito, auroras boreales y todo tipo de cuerpos celestes?
- ¿Se compra y cuánto vale -o es prescindible- la población que lo habita?
- ¿Qué sucede con la cultura, la identidad, los recuerdos, los sueños, vinculados al territorio? ¿Carecen de interés alguno?
La pregunta del millón: ¿Qué hacemos con las y los poetas una vez el país sea comprado?. Las poetas, esos seres inencajables en cualquier transacción comercial.
Aprovechemos, es un buen momento para curiosear sobre la poesía inuit de Groenlandia. Este es el poema Iceberg en llamas de la poeta Jessie Kleemann:
El enorme iceberg está en llamas
prendido
por
una derrumbada
piedra.
El blanco no es blanco
es rojo.
El enorme iceberg está en llamas.
No lo saben Trump ni Vladimir Putin, pero los grandes o pequeños pedazos de hielo guardan historias y memorias de muchas vidas pasadas y futuras. Y atesoran luchas y resistencias.
Andrés Cabanas, 23 de enero de 2026
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