Lo que decimos y cómo lo decimos, importa, para evitar que el relato del poder terrorista e impune y de la violencia se imponga sobre el relato del derecho a decidir de los pueblos, la convivencia y la paz. Palabra por palabra.
El bombardeo en Venezuela no es ataque sino invasión y agresión, con afectación de la integridad territorial de Venezuela, su soberanía y de las normas del derecho internacional.
Nicolas Maduro y su esposa no fueron capturados, sino secuestrados de manera ilegal, por un grupo de soldados extranjeros terroristas y criminales, que actuaron extrajudicialmente.
La invasión, a pesar de lo que Trump dice, no es un espectáculo televisivo. Este lenguaje legitima la agresión, trivializa la guerra y desconoce la violencia y el costo humano detrás de cada acción de fuerza.
El debate no es el control del narcotráfico, la preocupación por la democracia (en estos tiempos de neofascismos y democracias agotadas) o los flujos migratorios, porque a estas alturas sabemos que el poder de Estados Unidos se sustenta en la criminalidad y el uso constante de la fuerza.
La invasión tiene que ver con el petróleo, pero no es solamente el petróleo. Tiene que ver con la reafirmación del poder de decisión de Estados Unidos en Latinoamérica. La invasión se produce menos de un mes después de la publicación del Corolario Trump a la Doctrina Monroe, que considera Latinoamérica como territorio subordinado y “administrable” por Estados Unidos. Se produce un día después de la visita a Venezuela del enviado especial del presidente chino, estableciendo una línea roja geoestratégica, que ni Rusia ni China podrán traspasar (a cambio de…).
El debate no es Maduro sí, Maduro no, aunque el personaje político no sea de nuestro agrado y algunos consideramos que el proyecto de cambio de Venezuela se malogró por la continuación del extractivismo, el recambio de élites y la sustitución del poder comunitario por un Estado centralizado y burocratizado. El debate es la defensa de la soberanía, la autodeterminación y proyectos políticos y sociales de los pueblos, sin interferencia ajena.
La invasión no es un hecho puntual en el tiempo ni circunscrita a un lugar. Tampoco es el desvarío de un pederasta arrogante y egocéntrico, sino una estrategia de largo alcance, que se manifiesta de diversas formas: presión económica (Argentina, Brasil), intervención electoral directa (Honduras, Ecuador), amenaza de intervención (Panamá), acciones de desgaste para el debilitamiento del apoyo social a gobiernos progresistas (Colombia, México). En Guatemala esta intervención opera hasta ahora a partir de la dependencia económica y el control por parte de Estados Unidos de sectores estratégicos (seguridad, puertos, fronteras, parte de inversiones), sin descartar un intervencionismo mayor en el próximo periodo electoral.
La solución de ahora es el problema, a partir de ahora: la amenaza de intervenciones militares constantes, cada vez más agresivas, y la pérdida de espacios para el desarrollo de proyectos populares en cada uno de los países de Latinoamérica. También en Guatemala, si no tenemos la capacidad de generar grandes movilizaciones sociales articuladas internamente, a nivel regional y continental.
Andrés Cabanas, 3 de enero de 2026
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